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RazCampistas por el mundo: Emilio Cuberos en Costa Rica

Sabemos que conocéis de sobra esta sección así que en el día de hoy vamos directo al grano…o directo a las olas.
Hace unos días nos llegó un email de Emilio Cuberos, un malagueño viviendo en Suecia y que se fue de viaje a Costa Rica. Os dejamos con el texto y las fotos que él mismo ha realizado para todos vosotros.

¡¡Hola!! Me llamo Emilio Cuberos y soy campista de Raz SurfCamp. Fui en el Camp 5 los dos últimos años consecutivos y espero repetir. Además de eso soy malagueño pero residente en Suecia (al primer camp me llevé a tres suecos), ingeniero de telecomunicaciones y apasionado del snowboard, el skate y el surf.   

– Oye Fabián, para alguien que está aprendiendo pero quiere hacer un viaje de surf exótico, ¿qué le recomendarías?

– Mmm pues… quizá Costa Rica.

Así empezó realmente mi viaje, en una conversación en la arena de Razo con Fabián; a partir de ahí investigué por mi cuenta, saqué los billetes y me fui a Costa Rica a pasar dos semanas en marzo, lo que se convirtió en una experiencia tan maravillosa que quería compartirla. Fabián tenía razón.

Básicamente pasé primero una semana en la jungla y luego otra semana haciendo surf. La jungla cerca de La Fortuna en esa época del año te colma de bienestar todos los sentidos: es una explosión de verdes y colores llamativos, con una temperatura calurosa pero agradable gracias a las lluvias intermitentes, los sonidos no cesan viniendo de todas partes emitidos por pájaros exóticos y otros animales que uno intenta adivinar. Y sin embargo transmite paz ese envío incesante de estímulos que manda el bosque húmedo; las plantas crecen unas sobre otras peleando por los rayos de sol y los animales transitan impasibles a la presencia de visitantes: coatíes, perezosos, tucanes, ardillas, alguna víbora amarilla, monos, colibríes, pecho amarillos y otros cientos de espectaculares pájaros de colores, etc, etc, etc.

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Un aspecto que hace este viaje muy cómodo es la extrema educación de los costarricenses. Los ticos hablan de manera dulce y suave, dan más rodeos al decir las cosas para hacerlo siempre de manera agradable. Lo ves también en la manera en que hablan a sus hijos pequeños. Cuando ellos nos escuchan piensan que los españoles somos más cortantes o agresivos, y no me extraña nada.

La comida me sorprendió gratamente, es verdad que comen arroz y habichuelas cada dos por tres pero amigo, la combinación en el plato es mortal: arroz y frijoles con huevos revueltos o fritos, guacamole, salsa picante, pipirrana, tortitas de maíz, un plato de fruta al lado, y para beber zumo, cerveza o una soda que llaman Fresca. Más las combinaciones con carne, pescado, gambas, etc, etc. Sentarse a comer fue una gozada todas las veces.

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La segunda semana la tenía dedicada para el surf en Playa Grande, la mayor playa de Costa Rica. Al ser tan amplia había olas para todos y de todos los tamaños. No surfeaba desde el verano y me costó coger confianza, el tamaño de las olas en el centro de la playa y las corrientes me tenían intimidado al principio. Luego fui cogiendo confianza a base de hincharme a coger olas y también por la clase privada que me dio un yanki de ascendentes vascos. Para mí funciona de maravilla eso de cogerse una clase privada o en grupo en un sitio nuevo (o hacerte amigo de un local): te cuentan los trucos, las pequeñas cosas que hay que saber, dónde hay rocas, dónde peta más la corriente, dónde es más seguro, y algunas otras cosillas de su cultura; todo esto hace que luego te desenvuelvas con más soltura y haya menos probabilidad de que metas la pata dentro o fuera del agua.

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Me enamoré de la tabla que me alquilaron: larga como un longboard pero estrecha y delgada, con lo cual podía remar cómodamente, hacer el pato y realizar la puesta en pie fácilmente. Me puse morao con ella. Después de una semana metiéndome en el agua a las ocho de la mañana y también a las cuatro de la tarde cogí confianza para irme a la zona de olas más grandes, pero la marejada se fue y con ella las olas de tamaño imponente. Otra vez será.

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Muy buen ambiente en el pico, totalmente relajado, y la actitud de los locales era más fácil si cabe en cuanto veían que hablabas español. Esperando las olas hice amistad con un chaval de Nueva Jersey que era shaper en su tiempo libre y me recomendó pasarme a las mini simmons cuando quiera una tabla corta. Muy buena gente este yanki que en su casa tenía tres pistolas (sic) y que me contó algunas historias de los americanos que descubrieron spots en la Costa Rica de los 50.

El agua muy caliente, sólo hacía falta bañador y licra para protegerse de un sol que pegaba de manera brutal: imprescindible crema factor 50 en el cuerpo y pantalla total en la cara. Esperando la serie se cruzaban pelícanos volando a ras de agua, surfeando el viento de la pared de las olas y haciendo picados para llenar el gaznate con pescado fresco. El camino hacia la playa lo frecuentaban no sólo americanos con tabla y el vendedor de cocos sino también iguanas, monos y papagayos. La urraca azul con copete se acercaba a los humanos más que el resto de la fauna, de hecho se sentaba cerca de nuestra mesa en el desayuno y el almuerzo para robarnos fruta y las bolsitas de azúcar al menor despiste.

Para reponerme después de cada baño me iba a la barra del bar y pedía un plato de fruta, una botella de agua y una caipiriña que paladeaba charlando con ticos, venezolanos, argentinos y yankis mientras sonaba música caribeña de fondo. El mismo bar donde luego interrumpía mi almuerzo un par de veces para bañarme en la piscina y volver a sentarme chorreando, descalzo y sin camiseta, porque era la única manera de soportar los 35-40 grados que había en Playa Grande las 24 horas del día.

Un paraíso sólo violado por fumadores que dejaban colillas bajo las palmeras a pie de playa (sigo sin entender por qué los fumadores en el mundo entero creen que tienen un pase especial para dejar basura en el suelo), guarretes que no respetan ni siquiera este santuario.

En resumen, recomiendo visitar Costa Rica y hacerlo de manera que contribuya a conservar su naturaleza, surf y esa cultura tan especial y positiva que tienen. Me despido con un pedazo de cliché (si no lo digo, reviento) pero dicho de todo corazón: ¡¡PURA VIDA!!