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En Nepal no hay olas

En Nepal no hay olas.
Eso ya lo sabía antes de llegar ahí, claro. Eso y poco más…
No sabía hablar el idioma, no sabía por qué había elegido ese destino y ni siquiera sabía qué iba a hacer durante dos meses… No sabía nada, pero por alguna razón había elegido este país a última hora para perderme durante una temporada.
Hace sólo un par de semanas que encendí el móvil por primera vez en doce días, vi lo que estaba pasando en el resto del mundo y tuve que cambiar mi vuelo para volver a casa a la mañana siguiente, así que no creo que me haya dado tiempo a digerir la experiencia aun.
Voy a intentar contar lo que se pueda decir con palabras…


Aterricé en Katmandú el 21 de enero y el viaje en taxi desde el aeropuerto hasta el hostel fue ya el primer shock. Conducir en Nepal es de lo más radical que he visto en mi vida… Parece que a cada segundo estés a punto de chocar o de atropellar a alguien, pero TODO en este país es un caos sin sentido que, por alguna inexplicable razón, siempre acaba saliendo bien.
Así que dediqué unos días a acostumbrarme y fluir en este caos, confiando en que no iba a pasarme nada y disfrutando de ser el único occidental que caminaba por las calles y templos de la ciudad. Te acostumbras a esquivar motos constantemente, a regatear en las tiendas, a que todos los servicios sean un desastre, a que no haya váteres ni papel higiénico en casi ningún sitio (sentadilla profunda y agua, no voy a entrar en detalles…), a que el tiempo nepalí tenga sus propios minutos y sus propias horas…

Tras haber caminado a la deriva lo suficiente fui a Kopan Gompa, donde hice un curso de meditación budista con monjes tibetanos y conocí a un par de personas con las que seguir improvisando el camino: porque viajar solo casi nunca es viajar solo.

Una semana de ambiente monástico y silencio, sin móvil ni demasiados estímulos, nos dejó la mente muy despejada y ganas de movimiento, así que decidimos ir a Pokhara, un pueblo junto a un lago rodeado de montañas, mucho menos estresante que Katmandú, del que otros viajeros nos habían hablado.

Lo que no sabíamos era que para llegar ahí aun teníamos que coger un bus de 8 horas. Un bus de 8 horas por carreteras nepalíes… Como viajar en una lavadora.
Unos días más tarde estábamos haciendo todos los treks de la zona… Subiendo a miradores a casi 2000m de altura (lo que entonces ya nos parecía bastante), visitando colegios perdidos en la montaña, quedándonos a dormir con familias de locals y caminando horas y horas por escaleras interminables y carreteras de tierra. ¡

Esa misma semana, veíamos amanecer desde la cima del Poon Hill, a 3210m, ya sin noción del tiempo ni de cuántas señoras sin dientes, llenas de piercings enormes y fumando en sentadilla nos habían dicho “¡Namasté, namastéee!” por el camino.

Volvimos a Pokhara destrozados y a la mañana siguiente, gracias a una conversación de quince minutos que tuve con una desconocida mientras desayunaba, decidí que tenía que ir al Everest y cumplir el sueño de mi infancia. Convencí a un amigo y nos volvimos a Katmandú en el insoportable bus-lavadora, no sin antes darnos un baño de despedida en el lago, bajo los picos helados de Annapurna.

Alquilamos el equipo de montaña que nos faltaba para no perder ningún dedo por el camino, conseguimos los permisos llegando a la oficina cinco minutos antes de que cerrasen y nos preparamos mentalmente para lo que venía, aun recuperándonos de las agujetas y las ampollas de la última semana.

Y por si el bus había dejado el listón muy alto, para ir al pueblo desde el que la ruta comenzaba, antes teníamos que pasar 12 horas enlatados en un jeep-lavadora con otras 8 personas y música nepalí a todo volumen. Una tortura, pero no en vano, porque en el jeep conocimos al Doctor Bob, un estadounidense renegado que había estudiado farmacéutica y abandonado su país y su aburrido trabajo para viajar. Aunque, como él decía: “Llevo ya siete meses, en algún momento deja de ser viajar, ¿no?”.

Podría escribir un libro entero sobre el Doctor Bob, pero sólo diré que subió hasta los 4000m en chanclas, poniéndose las botas únicamente por las noches, al llegar a los albergues, y que no dejó de fumar cigarrillos ni de beber birras ni por encima de los 5000. Doctor Bob no es un ejemplo a seguir, pero sí un personaje muy especial…

Sobre el trek hasta el campo base del Everest, seguramente la experiencia más dura de mi vida hasta ese momento, ni sé qué contar. Aquí va una lista de cosas: yaks, niños corriendo con la cara congelada y llena de mocos, daal bhat (no daal bhat, no life), señoras lavando la ropa en sentadilla, caca de yak, puentes inestables, señoras cosiendo en sentadilla, mulas de carga, banderitas tibetanas, señoras limpiando y cantando en sentadilla, más caca de yak… y un paisaje irreal todo el tiempo. Alturas y distancias sin sentido -duermes a 3000m, bajas hasta 1500 y vuelves a subir a 2500 el mismo día- , desde ríos y valles hasta las cumbres del Himalaya, “el hogar de la nieve”. Y siempre solos, sin guías ni porteadores, sólo un mapa que compartíamos y alrededor del cual discutíamos cada noche.

En invierno, el agua amanece congelada a partir de los 4000m, pero al menos es temporada baja y sólo te cruzas con unas diez personas al día, no con ochocientas, como nos avisaron de que ocurriría unos meses más tarde, con colas de gente abarrotando esos mismos caminos.

Según ascendíamos, los dueños de albergues pasaron de decir “no tenemos ducha caliente, sólo ducha fría” a “no tenemos ducha fría, sólo cubo de agua fría” a “no tenemos cubo de agua fría, pero tenemos un río”… Cada día amanecíamos imaginando que el camino no podía ponerse más difícil, que lo peor ya había pasado. Y cada día el camino nos sorprendía de nuevo.
Moverse a más de 5000 es como intentar caminar mientras te caen series de olas encima… Pero estar ahí y mirar alrededor ya hace que todo lo demás valga la pena.
Bob decía que el atardecer era “la medianoche de los montañistas”, y todos los mochileros cenábamos daal bhat alrededor del fuego (a esa altura el fuego es dios…), embutidos en capas y capas de ropa térmica, tratando en vano de protegernos del frío, sin fuerzas ni oxígeno ni para reírnos los unos de los otros.

Llegamos al campo base después de diez días y conocimos a Alex Txikon, que estaba ahí con su equipo intentando la primera expedición de invierno a la cima. Nos invitaron a un té en su tienda y estuvimos hablando de la necesidad absurda de subir montañas “solamente porque están ahí”, como conquistando lo inútil.
Logramos bajar en dos días, aunque un guía nepalí nos había dicho que estaba “100% convencido de que no seríamos capaces”, y el 23 de febrero estábamos llegando a Lukla mientras anochecía, con la última fila de yaks. A la mañana siguiente, arrastramos nuestro cuerpo como pudimos para volar desde el llamado “aeropuerto más peligroso del mundo”, de vuelta al caos de la ciudad, tras cerca de 14 días perdidos por la montaña.

Era Losar, el fin de año tibetano (¡Feliz 2147!), y habíamos olvidado cómo se vivía sin nuestra rutina de despertarnos congelados, ponernos unos calcetines duros como piedras y caminar una media de 7 horas al día por paisajes lunares. Ni siquiera sabíamos qué hacer con tanto oxígeno…

Volver a la civilización era cómodo y realmente no habíamos encontrado nada ahí arriba. Pero tal vez necesitemos estar incómodos y hacer algo absurdo de vez en cuando. De verdad no lo sé, pero tal vez tengamos que pelear por “conquistar lo inútil” para acercarnos un poco más a nosotros mismos.

A la mañana siguiente me despedía de mis compañeros de trek para subirme en otro bus infernal hasta Chitwan. Nepal son varios mundos en un solo país: hacía un par de días que caminaba por montañas heladas y ahora estaba en medio de la jungla. Calor, mosquitos y cientos de sonidos a mi alrededor, que sólo los locals sabían diferenciar.

Así que dedico unos días a caminar por los paisajes de “El libro de la selva” con los otros dos únicos mochileros que había en mi hostel, entre ciervos que escapan, pavos reales ligando, cocodrilos al sol, elefantes cargando con montones de ramas, aves de más formas y colores de las que puedas imaginar, monos que quieren robarte la comida, osos hurgando en la tierra… y nuestro guía nepalí con su palo de madera, como si eso fuese a servir de algo ante un peligro real.

Y todo acaba conmigo subido a la rama de un árbol (protocolo de emergencia…), viendo una pelea de rinocerontes junto al lago y sintiendo todo temblar a su paso. Esa misma noche, volviendo al hostel, un grupo de unas diez personas, viajeros y nepalíes, tuvimos una última situación tensa, parados ante unos ojos brillantes de felino en la oscuridad, sobre lo que un guía nos comentó: “No, si fuese un tigre hubiese pasado algo… Seguramente era sólo un leopardo…”.
Vuelvo a Katmandú sintiéndome conectado a la jungla y aun ligeramente cagado por el par de momentos complicados que había vivido entre animales salvajes. Y acabo pasando los últimos doce días de viaje en un centro de Vipassana, meditando diez horas al día, sin hablar con nadie ni hacer nada que no sea ir hacia dentro. Mucho más difícil que subir al Everest, sí…

Como dije al principio, todo acabó de golpe cuando me enteré de lo que estaba pasando y tuve que volver a casa… Y ahora esto que cuento parece un sueño gigante del que me acabo de despertar.

En Nepal no hay olas…
Pero hay montañas gigantes y selvas llenas de vida.
Hay personas tan genuinamente amables que hasta te harán desconfiar de su desinterés.
Hay viajeros occidentales agotados, caminando cuesta arriba con sus mochilas de marca de apenas de 10kg ajustadas a la espalda.
Hay porteadores que nos adelantan en pantalones cortos, cargando 60kg con una cinta atada en la frente.
Hay niños corriendo de un pueblo a otro al salir de la escuela y ancianos que cierran los ojos y se sientan de piernas cruzadas durante horas.
Hay un joven nepalí recorriendo el país a pie y sin dinero mientras escribe su historia.
Hay un guardabosques canadiense de barba blanca, compartiendo anécdotas con los mochileros y llevando madera a los pueblos de montaña para hacer fuego.
Hay elefantes que se colocan oliendo flores y arrasan poblados enteros.
Hay sherpas que recorren en un día el mismo camino que a ti te había llevado dos, sin dejar de beber cerveza de arroz en ningún momento.
Hay un chico francés que no tiene móvil y vive con lo que lleva puesto en una yurta mongola pintada con los colores del arcoíris.
Hay gente en templos pidiendo iluminación y gurús barbudos intentando vendérsela.
Hay cientos de viajeros buscando algo lejos de casa, seguros de que hay otra manera de existir.
Hay todo eso y muchas otras cosas que no me cabrían ni en un libro. Y todo lo que no se puede decir con palabras.
En Nepal no hay olas, pero sí una especie de fluir caótico en el que puedes aprender a moverte. Y al final siempre sale todo bien…

Buscad algo que no vais a encontrar y conquistad lo inútil. Vale la pena, de verdad.
¡Espero veros en el agua este verano, ñorkis!
Un abrazo y hasta pronto…
¡UOH!

Antón Blanco